Akwanusagana

LA REFORMA DEL FARAÓN AKENATÓN: EL CULTO AL DISCO SOLAR ATÓN abril 22, 2012

Filed under: Uncategorized — akwanusagana @ 9:38 pm

Akenatón reemplazó la Eneada original por una nueva, donde la luz aparecía como la creadora de toda clase de vida, y el rey y la reina como las deidades mellizas que traen la vida al mundo. En la religión de Atón la Creación original se reemplazó por la creación de cada día, que era puesta en acción gracias a la intervención de Akenatón y Nefertiti (…)

El Más Allá, preocupación de máxima prioridad para los antiguos egipcios, dejó de existir. El único que conocía la verdad era el rey y no existía otra fuente de conocimiento, pues él recibía la revelación de Atón en forma directa. Akenatón fue el primer profeta a quien un dios se le reveló como fuente de amor universal, y en ese sentido fue un precursor de Moisés y de Jesús.

No había representaciones divinas de Atón y mucho menos formas humanas que lo simbolizaran. Sin duda, los romanos hubieran calificado a Akenatón de ateo, pues un disco solar jamás hubiera podido ser considerado un dios por ellos.

La palabra “atón” significa justamente eso: disco.

(…) Akenatón diseñó dos cartuchos que mostraban el nombre del dios como si fuera el de un rey. Si pudiera comprobarse la influencia de su religión en el monoteísmo mosaico, esos cartuchos podrían darnos una sorpresa, puesto que esa presentación del nombre del dios grabado en dos tablas de piedra adyacentes tiene la forma exacta de las Tablas de la Ley que Moisés bajó del Monte Sinaí (…)

La religión de Atón estaba basada en la energía radiante del sol, no en el astro solar. Akenatón sustituyó la idea del Sol como astro divino situado a incalculable distancia, por los rayos solares, que llegan a la Tierra y acarician todo lo viviente. El Sol perdía así su cualidad de dios antropomorfo para pasar a ser algo insustancial.

La propuesta religiosa de Akenatón significó un duro golpe para los poderosos sacerdotes de Tebas. Tuvo la osadía de cuestionar el culto de los muertos. La religión de Amón incluía el juicio final de Osiris, que juzgaba a los muertos para determinar su derecho a disfrutar de una nueva vida luego de la muerte. Su abolición significaba la pérdida de prerrogativas religiosas y económicas para los sacerdotes. Ellos decían que, bajo la protección de Amón, los reyes de la dinastía XVIII habían logrado el triunfo en las batallas y permitió acumular una fortuna sin precedentes al clero por su participación en los botines de guerra.

Como prueba de esa acumulación, se conoce un inventario de las propiedades del clero de Amón tomado en el 1160 antes de Cristo, que nos permite imaginar su magnificencia: poseía 69 pueblos, 2.400 kilómetros cuadrados de tierras cultivables, 433 jardines, 46 canteras, 421.362 reses de ganado, una flota de 82 barcos y un personal a su servicio compuesto por 81.322 personas.

Akenatón introdujo sus reformas sabiendo que debería enfrentar la férrea oposición del establishment religioso, pero no se detuvo. Comenzó por desprestigiar a los sacerdotes denunciando sus negocios a costa del pueblo creyente. Los acusó de ser vulgares adoradores de fetiches y comerciar con libros de magia y con la venta de escarabajos sagrados; habían logrado atemorizar a los creyentes a través de la superstición en vez de hacer reinar la verdad y el amor.

En la tumba tebana del visir Ramose se cita esta frase de Akenatón: “Las palabras de los sacerdotes [de Amón] eran las más perversas que nunca había oído”.

Se cree que hubo un episodio concreto que llevó a la ruptura entre el faraón y el clero tebano: se trataba del caso de un sacerdote que había vendido un ejemplar del Libro de los Muertos a un precio confiscatorio a una viuda humilde que lo quería depositar en la tumba de su esposo para asegurar su viaje en el más allá. El sacerdote fue juzgado y condenado. Era sobrino del sumo sacerdote Bekanos, del culto de Amón en Karnak.

El historiador Otto Neubert recreó un probable discurso pronunciado por Akenatón ante sus funcionarios, que marcó el inicio de su revolución:

Egipcios, desde que llevo esta corona estoy sometiendo a revisión todo lo existente. Nuestro pueblo está prisionero de la idolatría y rinde homenaje a un ejército de dioses que están bajo el mando del sumo sacerdote Bekanos. Pero yo les aseguro que no existe ninguna divinidad que quiera ser honrada con sangre, muerte o sacrificios. Apartáos de ese culto: solo existe un dios que es Atón. Es el Sol mismo, que da vida a todas las cosas. Abjurad de Amón, de sus dioses y sus sacerdotes. Seguid mi doctrina: seamos iguales todos los hombres mientras vivamos. De todos modos la muerte nos igualará después. Cerraré las escuelas de los sacerdotes y sus templos; incautaré sus ingresos, astilleros, buques, canteras, tierras, graneros y ganado. Los sacerdotes dejarán de ser un estado más poderoso que el faraón. Podrán ser demandados y llevados ante los tribunales. Declaro a Tebas como ciudad de ídolos, indigna para ser la capital de Egipto. Fundaré una nueva ciudad en Amarna que se llamará Aketatón y allí serán bienvenidos aquellos que piensen como su faraón.

Ya anticipamos que las razones de Akenatón no eran solo religiosas: el tesoro egipcio apenas podía seguir financiando al costoso clero de Amón. El equivalente del Fort Knox norteamericano de nuestros días se llamaba “La Casa del Oro y la Plata” y estaba administrada por el clero. Akenatón decretó que esa administración pasara a sus manos, lo que produjo el justificado enojo de los sacerdotes.

A partir de ese momento, Atón se transformó en un dios de naturaleza única. Akenatón hizo borrar la palabra “dioses” de todos los monumentos y declaró que ahora había un solo dios, Atón, que tenía algunas particularidades novedosas que lo diferenciaban de los demás dioses, que tenían esposas e hijos y sufrían los conflictos habituales entre ellos, en forma similar a lo que ocurría con los dioses griegos. Atón no tenía consorte, ni siquiera un cuerpo que pudiera calificarse de femenino o masculino. Era el “padre y madre de todos”, pese a que frecuentemente se lo consideraba un “padre”.

Creo que el énfasis erótico puesto de manifiesto por Akenatón en sus apariciones públicas con Nefertiti era una forma de poner la pasión amorosa en la relación con su esposa para compensar la falta de sexo de Atón. Nefertiti se convirtió en la diosa del amor, con la misma importancia que tenían Ishtar, Astarté o Hathor.

(…) Como anticipé, la eliminación del culto de Osiris fue una de las ideas más difíciles de asimilar para los egipcios. Osiris presidía el juicio final, que se celebraba después de la muerte del creyente, en un escenario en que Osiris aparecía frente a una balanza de oro vigilada por Anubis. En uno de los platillos se colocaba el corazón del muerto y en el otro una pluma. Si el corazón pesaba menos que la pluma, el difunto aprobaba el juicio y tenía derecho a la vida eterna y la posibilidad de renacer en un paraíso glorioso. En el caso contrario, lo esperaba la muerte definitiva y la condena al infierno.

Akenatón ofreció una alternativa al juicio de Osiris: prometió una vida en el más allá entre las estrellas, creencia predominante desde la época de las pirámides, cuando el faraón muerto iba al firmamento y se convertía en una de las tantas lucecitas visibles en el cielo. De ese modo reemplazó la salvación y el renacimiento del cuerpo después de la muerte por la supervivencia del alma. Esta creencia, junto a la del juicio final de Osiris, rigió la vida de los egipcios durante más de tres milenios y recién fue reemplazada por el Juicio Final cristiano en el siglo III de nuestra era. Akenatón prometió que él mismo se encargaría de sus súbditos en el más allá y predicaba que era más importante amar a Dios que buscar la propia salvación.

La eliminación del culto a Osiris hizo necesaria la creación de una nueva práctica funeraria. Se conservó la momificación, los ataúdes antropomórficos, las jarras canópicas y las ofrendas que acompañaban al muerto en su tumba. También se conservaron los ushabtis (pequeños muñequitos que representaban las facciones del difunto y se distribuían por centenares en la tumba y dentro de las vendas de la momia, de modo que su alma pudiera reconocer al cuerpo cuando volviera a reunirse con él), aunque sin el sentido mágico que tenían en el culto osiríaco. Los dibujos en los murales hacían referencia a la vida y los méritos del difunto, más que a los dioses que lo esperaban en el más allá.

El cambio en el culto de los muertos también se hizo por razones económicas. Desde los tiempos más remotos el difunto era sepultado junto a sus principales pertenencias para que dispusiera de ellas en su nueva vida. Cuando se trataba de un faraón, se lo enterraba con sus joyas y objetos de mayor valor. Por lo tanto, esa riqueza quedaba enterrada para toda la eternidad, restándola a la circulación normal de la economía. El nuevo faraón debía comenzar a reunir su propia fortuna personal, pues no heredaba gran cosa: su antecesor se llevaba enormes tesoros al sepulcro.

Los profanadores de tumbas cumplían una función social al devolver esas riquezas a la circulación. Como los ladrones pertenecían a las clases menos favorecidas, se producía una particular redistribución de la riqueza, en la que seguramente tenían su participación secreta algunos sacerdotes de Amón.

Para asegurar el éxito de su reforma, Akenatón se apoyó en las clases media y baja y en los integrantes de las colectividades extranjeras, quienes ocupaban cargos importantes en el gobierno aunque no disfrutaban de las ventajas económicas que tenía el clero. Con esos aliados inició el enfrentamiento contra los sacerdotes de Amón.

Su reforma tuvo el objetivo de incluir al pueblo en la práctica de la religión, que hasta entonces era un privilegio cortesano. El pueblo podía ingresar a los templos y hacer sus ofrendas en los numerosos altares preparados para ese fin mientras recitaban estrofas del Himno a Atón. Consistía en una forma de educar a la gente más humilde en un momento en que el analfabetismo era casi total. Era lo contrario de lo que sucedía en el culto a Amón, que estaba en las manos de la clase sacerdotal y por ello el dios resultaba inaccesible para la plebe.

Dulitzky, Jorge (2004). Akenatón, el faraón olvidado. Buenos Aires: Biblos, pp. 51-58.

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One Response to “LA REFORMA DEL FARAÓN AKENATÓN: EL CULTO AL DISCO SOLAR ATÓN”

  1. DANIEL Says:

    MUY BUENA NOTA .


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