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LA REFORMA DEL FARAÓN AKENATÓN: EL CULTO AL DISCO SOLAR ATÓN abril 22, 2012

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Akenatón reemplazó la Eneada original por una nueva, donde la luz aparecía como la creadora de toda clase de vida, y el rey y la reina como las deidades mellizas que traen la vida al mundo. En la religión de Atón la Creación original se reemplazó por la creación de cada día, que era puesta en acción gracias a la intervención de Akenatón y Nefertiti (…)

El Más Allá, preocupación de máxima prioridad para los antiguos egipcios, dejó de existir. El único que conocía la verdad era el rey y no existía otra fuente de conocimiento, pues él recibía la revelación de Atón en forma directa. Akenatón fue el primer profeta a quien un dios se le reveló como fuente de amor universal, y en ese sentido fue un precursor de Moisés y de Jesús.

No había representaciones divinas de Atón y mucho menos formas humanas que lo simbolizaran. Sin duda, los romanos hubieran calificado a Akenatón de ateo, pues un disco solar jamás hubiera podido ser considerado un dios por ellos.

La palabra “atón” significa justamente eso: disco.

(…) Akenatón diseñó dos cartuchos que mostraban el nombre del dios como si fuera el de un rey. Si pudiera comprobarse la influencia de su religión en el monoteísmo mosaico, esos cartuchos podrían darnos una sorpresa, puesto que esa presentación del nombre del dios grabado en dos tablas de piedra adyacentes tiene la forma exacta de las Tablas de la Ley que Moisés bajó del Monte Sinaí (…)

La religión de Atón estaba basada en la energía radiante del sol, no en el astro solar. Akenatón sustituyó la idea del Sol como astro divino situado a incalculable distancia, por los rayos solares, que llegan a la Tierra y acarician todo lo viviente. El Sol perdía así su cualidad de dios antropomorfo para pasar a ser algo insustancial.

La propuesta religiosa de Akenatón significó un duro golpe para los poderosos sacerdotes de Tebas. Tuvo la osadía de cuestionar el culto de los muertos. La religión de Amón incluía el juicio final de Osiris, que juzgaba a los muertos para determinar su derecho a disfrutar de una nueva vida luego de la muerte. Su abolición significaba la pérdida de prerrogativas religiosas y económicas para los sacerdotes. Ellos decían que, bajo la protección de Amón, los reyes de la dinastía XVIII habían logrado el triunfo en las batallas y permitió acumular una fortuna sin precedentes al clero por su participación en los botines de guerra.

Como prueba de esa acumulación, se conoce un inventario de las propiedades del clero de Amón tomado en el 1160 antes de Cristo, que nos permite imaginar su magnificencia: poseía 69 pueblos, 2.400 kilómetros cuadrados de tierras cultivables, 433 jardines, 46 canteras, 421.362 reses de ganado, una flota de 82 barcos y un personal a su servicio compuesto por 81.322 personas.

Akenatón introdujo sus reformas sabiendo que debería enfrentar la férrea oposición del establishment religioso, pero no se detuvo. Comenzó por desprestigiar a los sacerdotes denunciando sus negocios a costa del pueblo creyente. Los acusó de ser vulgares adoradores de fetiches y comerciar con libros de magia y con la venta de escarabajos sagrados; habían logrado atemorizar a los creyentes a través de la superstición en vez de hacer reinar la verdad y el amor.

En la tumba tebana del visir Ramose se cita esta frase de Akenatón: “Las palabras de los sacerdotes [de Amón] eran las más perversas que nunca había oído”.

Se cree que hubo un episodio concreto que llevó a la ruptura entre el faraón y el clero tebano: se trataba del caso de un sacerdote que había vendido un ejemplar del Libro de los Muertos a un precio confiscatorio a una viuda humilde que lo quería depositar en la tumba de su esposo para asegurar su viaje en el más allá. El sacerdote fue juzgado y condenado. Era sobrino del sumo sacerdote Bekanos, del culto de Amón en Karnak.

El historiador Otto Neubert recreó un probable discurso pronunciado por Akenatón ante sus funcionarios, que marcó el inicio de su revolución:

Egipcios, desde que llevo esta corona estoy sometiendo a revisión todo lo existente. Nuestro pueblo está prisionero de la idolatría y rinde homenaje a un ejército de dioses que están bajo el mando del sumo sacerdote Bekanos. Pero yo les aseguro que no existe ninguna divinidad que quiera ser honrada con sangre, muerte o sacrificios. Apartáos de ese culto: solo existe un dios que es Atón. Es el Sol mismo, que da vida a todas las cosas. Abjurad de Amón, de sus dioses y sus sacerdotes. Seguid mi doctrina: seamos iguales todos los hombres mientras vivamos. De todos modos la muerte nos igualará después. Cerraré las escuelas de los sacerdotes y sus templos; incautaré sus ingresos, astilleros, buques, canteras, tierras, graneros y ganado. Los sacerdotes dejarán de ser un estado más poderoso que el faraón. Podrán ser demandados y llevados ante los tribunales. Declaro a Tebas como ciudad de ídolos, indigna para ser la capital de Egipto. Fundaré una nueva ciudad en Amarna que se llamará Aketatón y allí serán bienvenidos aquellos que piensen como su faraón.

Ya anticipamos que las razones de Akenatón no eran solo religiosas: el tesoro egipcio apenas podía seguir financiando al costoso clero de Amón. El equivalente del Fort Knox norteamericano de nuestros días se llamaba “La Casa del Oro y la Plata” y estaba administrada por el clero. Akenatón decretó que esa administración pasara a sus manos, lo que produjo el justificado enojo de los sacerdotes.

A partir de ese momento, Atón se transformó en un dios de naturaleza única. Akenatón hizo borrar la palabra “dioses” de todos los monumentos y declaró que ahora había un solo dios, Atón, que tenía algunas particularidades novedosas que lo diferenciaban de los demás dioses, que tenían esposas e hijos y sufrían los conflictos habituales entre ellos, en forma similar a lo que ocurría con los dioses griegos. Atón no tenía consorte, ni siquiera un cuerpo que pudiera calificarse de femenino o masculino. Era el “padre y madre de todos”, pese a que frecuentemente se lo consideraba un “padre”.

Creo que el énfasis erótico puesto de manifiesto por Akenatón en sus apariciones públicas con Nefertiti era una forma de poner la pasión amorosa en la relación con su esposa para compensar la falta de sexo de Atón. Nefertiti se convirtió en la diosa del amor, con la misma importancia que tenían Ishtar, Astarté o Hathor.

(…) Como anticipé, la eliminación del culto de Osiris fue una de las ideas más difíciles de asimilar para los egipcios. Osiris presidía el juicio final, que se celebraba después de la muerte del creyente, en un escenario en que Osiris aparecía frente a una balanza de oro vigilada por Anubis. En uno de los platillos se colocaba el corazón del muerto y en el otro una pluma. Si el corazón pesaba menos que la pluma, el difunto aprobaba el juicio y tenía derecho a la vida eterna y la posibilidad de renacer en un paraíso glorioso. En el caso contrario, lo esperaba la muerte definitiva y la condena al infierno.

Akenatón ofreció una alternativa al juicio de Osiris: prometió una vida en el más allá entre las estrellas, creencia predominante desde la época de las pirámides, cuando el faraón muerto iba al firmamento y se convertía en una de las tantas lucecitas visibles en el cielo. De ese modo reemplazó la salvación y el renacimiento del cuerpo después de la muerte por la supervivencia del alma. Esta creencia, junto a la del juicio final de Osiris, rigió la vida de los egipcios durante más de tres milenios y recién fue reemplazada por el Juicio Final cristiano en el siglo III de nuestra era. Akenatón prometió que él mismo se encargaría de sus súbditos en el más allá y predicaba que era más importante amar a Dios que buscar la propia salvación.

La eliminación del culto a Osiris hizo necesaria la creación de una nueva práctica funeraria. Se conservó la momificación, los ataúdes antropomórficos, las jarras canópicas y las ofrendas que acompañaban al muerto en su tumba. También se conservaron los ushabtis (pequeños muñequitos que representaban las facciones del difunto y se distribuían por centenares en la tumba y dentro de las vendas de la momia, de modo que su alma pudiera reconocer al cuerpo cuando volviera a reunirse con él), aunque sin el sentido mágico que tenían en el culto osiríaco. Los dibujos en los murales hacían referencia a la vida y los méritos del difunto, más que a los dioses que lo esperaban en el más allá.

El cambio en el culto de los muertos también se hizo por razones económicas. Desde los tiempos más remotos el difunto era sepultado junto a sus principales pertenencias para que dispusiera de ellas en su nueva vida. Cuando se trataba de un faraón, se lo enterraba con sus joyas y objetos de mayor valor. Por lo tanto, esa riqueza quedaba enterrada para toda la eternidad, restándola a la circulación normal de la economía. El nuevo faraón debía comenzar a reunir su propia fortuna personal, pues no heredaba gran cosa: su antecesor se llevaba enormes tesoros al sepulcro.

Los profanadores de tumbas cumplían una función social al devolver esas riquezas a la circulación. Como los ladrones pertenecían a las clases menos favorecidas, se producía una particular redistribución de la riqueza, en la que seguramente tenían su participación secreta algunos sacerdotes de Amón.

Para asegurar el éxito de su reforma, Akenatón se apoyó en las clases media y baja y en los integrantes de las colectividades extranjeras, quienes ocupaban cargos importantes en el gobierno aunque no disfrutaban de las ventajas económicas que tenía el clero. Con esos aliados inició el enfrentamiento contra los sacerdotes de Amón.

Su reforma tuvo el objetivo de incluir al pueblo en la práctica de la religión, que hasta entonces era un privilegio cortesano. El pueblo podía ingresar a los templos y hacer sus ofrendas en los numerosos altares preparados para ese fin mientras recitaban estrofas del Himno a Atón. Consistía en una forma de educar a la gente más humilde en un momento en que el analfabetismo era casi total. Era lo contrario de lo que sucedía en el culto a Amón, que estaba en las manos de la clase sacerdotal y por ello el dios resultaba inaccesible para la plebe.

Dulitzky, Jorge (2004). Akenatón, el faraón olvidado. Buenos Aires: Biblos, pp. 51-58.

 

LOS ESENIOS: HEBREOS HIJOS DEL SOL

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Ruinas de Qumran

 

Mientras los fariseos y los saduceos se disputaban la supremacía religiosa, un grupo de judíos devotos se retiró al margen de la sociedad para refugiarse en el desierto, donde el aislamiento les permitiría aplicar con mayor eficacia las leyes mosaicas, cuyo espíritu creían interpretar mejor que los saduceos del Templo a quienes acusaban de entenderse con los romanos. Los miembros de este grupo disidente habitaban en diversas ciudades. El grupo de Qumran era el más intransigente en lo religioso y formó una comunidad espartana para llevar a cabo una reforma purificadora frente a la penetración insidiosa del paganismo en Judea.

La denominación de “esenio” no aparece en los Rollos, cuyos autores se definen a sí mismos como “Hijos de la Alianza”, “Hijos de Zadok” o “Hijos de la Luz”. En algún momento, los estudiosos se preguntaron si la filosofía contenida en los manuscritos pertenecía a esa comunidad o se trataba de una entidad separada.

Decidieron instalarse en el desierto por considerarlo un lugar más seguro para estar a salvo de las persecuciones. Además, Isaías 40 había profetizado la llegada del Mesías en el desierto, donde los esenios esperaban que se cumpliera el anuncio.

Según algunos autores, “esenio” es una palabra derivada de jasidim, aunque hay diversas versiones sobre el origen del nombre de la secta. Luego del descubrimiento de los Rollos del Mar Muerto, comenzó a circular una hipótesis que propone buscar la etimología de la palabra esenio en asaya, que significa terapeuta o sanador. Para otros, es la forma griega del hebreo jasya, que significa piadoso, santo.

También se cree que la traducción de “esenio” significaría médico, lo cual es coherente con las prácticas en el arte de curar que caracterizaron a la secta. Pero sus técnicas curativas no dependían del uso de hierbas y medicamentos, sino de un ejercicio espiritual para expulsar a los demonios que tomaban posesión del cuerpo del enfermo. Jesús empleaba el mismo método de curación.

Plinio el viejo fue uno de los más importantes cronistas de la época y los citó en su Historia natural como zerapeute, terapeutas. Indica que vivían en Jericó y Ein Geddi, cerca del Mar Muerto, zona que coincide con la ubicación de Qumran, y se manejaban de acuerdo con rígidas normas de obediencia y pureza, y tenían ritos de iniciación. Los bienes pertenecían a la comunidad y dedicaban sus días a la agricultura y las plegarias. Respetaban el shabat, las mujeres estaban excluidas de la comunidad y los hombres se mantenían célibes pues consideraban que el matrimonio era una distracción para los deberes religiosos, aunque tenían sus parejas para procrear en determinadas fechas del año, como modo de perpetuar la especie. Plinio los describe como seres melancólicos. Practicaban la adivinación y la interpretación de sueños, y eran conocedores de las prácticas médicas más avanzadas de su época, posiblemente aprendidas de los terapeutas egipcios.

Los esenios se consideraban curadores y remontaban su profesión a Sem, el hijo de Noé, quien había recibido de su padre los secretos de la naturaleza y las propiedades medicinales de las plantas y las piedras. Existe un tratado de medicina en el Sefer Afad, cuya autoría se atribuye a Saph el Joven, o el Sabio, basado en los conocimientos medicinales de los esenios. En el Libro de los Jubileos, encontrado en el Mar Muerto, se hace referencia a esos conocimientos médicos.

También Filón de Alejandría mencionó a los esenios en algunos de sus escritos, entre ellos, en Hypothetica. Calculó que eran unos cuatro mil, que habitaban en aldeas y subsistían gracias a la actividad agrícola, dedicando su tiempo al estudio y la interpretación de las escrituras. No tenían esclavos ni hacían sacrificios.

A su vez, Filón explica que durante el final del primer siglo de la era cristiana, la secta de los terapeutas egipcios estaba establecida en las cercanías del lago Mariotis, vecino a Alejandría, lo que plantea el interrogante sobre el destino final de los esenios que abandonaron Judea luego de la destrucción del templo de Jerusalén ¿serían los mismos esenios de Judea? ¿Se habrían refugiado en Egipto? Las coincidencias entre esenios y terapeutas son muy grandes: ambos estudiaron el Antiguo Testamento y redactaron libros de medicina. Escribían salmos, su número más importante era el siete y el cincuenta, y celebraban cada cincuentena de días un festival que duraba toda la noche. Tenían una significativa adoración por el Sol. Sus rezos matutinos comenzaban cuando el Sol aparecía en el horizonte oriental, lo que suponía dar la espalda al Templo de Jerusalén.

Dulitzky, Jorge (2007). Los Rollos del Mar Muerto y las Raíces Secretas del Cristianismo. Buenos Aires: Biblos, pp. 87-88.

 

LA AGRICULTURA DEL MAÍZ EN EL ESTADO INCAICO abril 20, 2012

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La iglesia estatal y sus sacerdotes tenían otros deberes relacionados con la agricultura del maíz. En una zona que ha pasado por la revolución urbana pero donde un clima hostil amenaza regularmente a las cosechas, cabe esperar no sólo una considerable actividad astronómica, imbricada en un contexto mágico-religioso, sino también medidas estatales para difundir la información y para imponer las prácticas que se pensaba eran necesarias para asegurar un excedente. Cada año se preguntaba a los dioses si había que sembrar ese año; “responden que siempre la suerte dijo que sembrasen”. Al rey Pachacuti se le atribuye no solo la reforma del calendario ceremonial sino también la erección, en las afueras del Cuzco, de varios pilares de piedra que servían como indicadores solares de las estaciones. Las sombras proyectadas por algunos de los pilares indicaban los solsticios, mientras que otros señalaban el comienzo de cada mes. El principal estaba en Sucanca, una colina cercana al canal de regadío de Chinchero, donde estaba situada una de las chacras personales del rey Thupa. Uno de los pilares, Chiroa Sucanca, indicaba el solsticio de verano, mientras que Pucuy Sucanca anunciaba la llegada del año nuevo, en el lluvioso diciembre.

Estos observatorios determinaban el comienzo de las labores agrícolas, especialmente el barbecho, el riego y la siembra. Se creía que si se dejaba pasar el momento oportuno, la cosecha del maíz peligraba. Había sacerdotes encargados de observar la progresión de las sombras y de informar a los campesinos de la proximidad del momento de la siembra. También mantenían registros en quipos de los ciclos anteriores, indicando la sucesión de años de agua y secos. Los mismos sacerdotes determinaban las fechas apropiadas para las ceremonias religiosas, muchas de las cuales eran inseparables del calendario agrícola, y supervisaban los ayunos y sacrificios realizados todos los meses en Sucanca. Pedían al Sol “que llegase allí a tiempo que fuera buena sazón para sembrar”. Un observador perspicaz como polo notó dónde había más prácticas ansiosas:

Es bien advertir que en las tierras ricas y abundantes de comida y ganado (…) reinan más idolatrías y supersticiones (…) en las provincias pobres como los Chirihuanaes (…) Diaguitas hasta el río de La Plata y otras muchas que son pobres y necesitadas (…) no ponen tanta diligencia y obseruancia de religión supersticiosa ni vsan tanta mvltitud de ceremonias (…)

(…) En un momento ulterior del año agrícola, otro grupo de sacerdotes, los Tarpuntaes,

Tenían cuidado de ayunar desde que sembraban el maíz hasta que salía de la tierra como un dedo de alto (…) y asimismo ayunaban sus mujeres e hijos (…)

Otros realizaban sacrificios en diversos momentos críticos de la estación, impetrando al Hacedor, Sol y Trueno: “sed siempre mozos”; que aseguraran la paz, multiplicaran a la gente y enviaran lluvia para que “hubiese comidas”. Se organizaban procesiones en que los participantes armados, haciendo sonar tambores y prorrumpiendo en gritos de guerra, espantaban la sequía y la helada que amenazaban más al maíz que a los demás cultivos. Una vez en que una terrible helada en el valle del Cuzco coincidió con el arribo de una delegación Opatari, portadora de presentes desde la montaña, el consejo le recomendó al rey que los matara a todos, para apaciguar la helada. El granizo, que moraba en una cueva en Cirocaya, también era aplacado con sacrificios.

Murra, John (1978). La Organización Económica Del Estado Inca. México D.F.: Siglo XXI, pp. 41-43.

 

LA ESTRUCTURA COMUNISTA DEL TAWANTINSUYU (MARIÁTEGUI) abril 18, 2012

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El comunismo moderno es una cosa distinta del comunismo incaico. Esto es lo primero que necesita aprender y entender el hombre de estudio que explora el Tawantinsuyo. Uno y otro comunismo son producto de diferentes experiencias humanas. Pertenecen a distintas épocas históricas. Constituyen la elaboración de disímiles civilizaciones. La de los Incas fue una civilización agraria. La de Marx y Sorel es una civilización industrial. En aquélla, el hombre se sometía a la naturaleza. En ésta, la naturaleza se somete a veces al hombre. Es absurdo, por ende, confrontar las formas y las instituciones de uno y otro comunismo. Lo único que puede confrontarse es su incorpórea semejanza esencial y material de tiempo y espacio. Y para esta confrontación hace falta un poco de relativismo histórico (…)

La tesis de Aguirre, negando el carácter comunista de la sociedad incaica, descansa íntegramente en un concepto erróneo. Aguirre parte de la idea de que autocracia y comunismo son dos términos inconciliables. El régimen incaico –constata- fue despótico y teocrático, luego –afirma- no fue comunismo. Mas el comunismo no supone, históricamente, libertad individual ni sufragio popular. La autocracia y el comunismo son incompatibles en nuestra época; pero no lo fueron en sociedades primitivas. Hoy un nuevo orden no puede renunciar a ninguno de los progresos morales de la sociedad moderna. El socialismo contemporáneo –otras épocas han tenido otros tipos de socialismo que la historia designa con diverso nombre- es la antítesis del liberalismo, pero nace de su entraña y se nutre de su experiencia. No desdeña ninguna de sus conquistas intelectuales. No escarnece y vilipendia sino sus limitaciones. Aprecia y comprende todo lo que en la idea liberal hay de positivo; condena y ataca sólo lo que en esta idea hay de negativo y temporal (…)

No es posible hablar de tiranía abstractamente. Una tiranía es un hecho concreto. Y es real sólo en la medida en que oprime la voluntad de un pueblo o en que contraría y sofoca su impulso vital. Muchas veces, en la antigüedad, un régimen absolutista y teocrático ha encarnado y representado, por el contrario, esa voluntad y ese impulso. Este parece haber sido el caso del imperio incaico. No creo en la obra taumatúrgica de los incas. Juzgo evidente su capacidad política; pero juzgo no menos evidente que su obra consistió en construir el imperio con los materiales humanos y los elementos morales allegados por los siglos. El ayllu -la comunidad- fue la célula del imperio. Los incas hicieron la unidad, inventaron el Imperio; pero no crearon la célula. El Estado jurídico organizado por los incas reprodujo, sin duda, el Estado natural preexistente. Los incas no violentaron nada. Está bien que se exalte su obra; no que se desprecie y disminuya la gesta milenaria y multitudinaria de la cual esa obra no es sino una expresión y una consecuencia.

No debe empequeñecer, ni mucho menos negar, lo que en esa obra pertenece a la masa. Aguirre, literato individualista, se complace en ignorar en la historia a la muchedumbre. Su mirada de romántico busca exclusivamente al héroe.

Los vestigios de la civilización incaica declaran unánimemente, contra la requisitoria de Aguirre Morales. El autor de El Pueblo del Sol invoca el testimonio de los millares de huacos que han desfilado ante sus ojos. Y bien. Esos huacos dicen que el arte incaico fue un arte popular. Y el mejor documento de la civilización incaica es, acaso, su arte. La cerámica estilizada sintetista de los indios no puede haber sido producida por un pueblo grosero y bárbaro.

James George Frazer –muy distante espiritual y físicamente de los cronistas de la colonia- escribe: “Remontando el curso de la historia, se encontrará que no es por un puro accidente que los primeros grandes pasos hacia la civilización han sido hechos bajo gobiernos despóticos y teocráticos como los de la China, del Egipto, de Babilonia, de México, del Perú, países en todos los cuales el jefe supremo exigía y obtenía la obediencia servil de sus súbditos por su doble carácter de rey y de Dios. Sería apenas una exageración decir que en esa época lejana el despotismo es el más grande amigo de la humanidad y, por paradojal que esto parezca, de la libertad. Pues después de todo, hay más libertad, en el mejor sentido de la palabra –libertad de pensar nuestros pensamientos y de modelar nuestros destinos- bajo el despotismo más absoluto y la tiranía más opresora que bajo la aparente libertad de la vida salvaje, en la cual la suerte del individuo, de la cuna a la tumba, es vaciada en el molde rígido de las costumbres hereditarias.” (The Golden Bough, part. 1.)

Aguirre Morales dice que en la sociedad incaica se desconocía el robo por una simple falta de imaginación para el mal. Pero no se destruye con una frase de ingenioso humorismo literario un hecho social que prueba, precisamente, lo que Aguirre se obstina en negar: el comunismo incaico. El economista francés Charles Guide piensa que, más exacta que la célebre fórmula de Proudhon, es la siguiente fórmula: “El robo es la propiedad”. En la sociedad incaica no existía el robo porque no existía la propiedad. O si se quiere porque existía una organización socialista de la propiedad.

Mariátegui, J. C. (2007). Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana. México D.F.: Ediciones Era, pp. 326-329.

 

ESJATOLOGÍAS DE LOS AZTECAS febrero 9, 2012

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Estatua de Mictlantecuhtli en el museo del Templo Mayor en México.

Estatua de Mictlantecuhtli en el museo del Templo Mayor en México.

Primero debemos decir que para los mexicas la muerte no era propiamente la destrucción de esta vida y el inicio de la verdadera, sino que por el contrario formaba parte de ese equilibrio cósmico y suponía una transformación. Realmente la muerte se concebía como la desintegración y el transporte de las entidades anímicas que se encontraban alojadas en el interior del cuerpo, el cual, evidentemente, también sufría una destrucción, en este caso en la sangre y los tejidos. El teyolía era el alma que residía en el corazón y estaba destinada a viajar al mundo del “premio y castigo”, y la forma de fallecer determinaba el lugar final al que se iba y la forma de enterramiento. Las geografías funerarias, es decir, los lugares a donde iban a residir las almas de los muertos, no estaban determinadas por las características de las vidas, tal como se concibe en el mundo cristiano, sino por la circunstancia en la que se moría. De esta manera, una entidad anímica alojada en el corazón viajaba ya fuera al mundo de los muertos, al cielo del sol o al universo de Tláloc.

Al lugar de los muertos, el Mictlan, llegaban aquellos que perecían por muerte natural. Al sol accedían principalmente los guerreros que morían en el campo de batalla, para servir al astro rey por cuatro años. Esto incluía a un tipo de personajes llamados Cihuateto, mujeres que murieron durante el primer parto y se transformaron en mujeres semidescarnadas que salían por las noches buscando a sus hijos, un antecedente de la famosa Llorona de tiempos coloniales. Supuestamente, su lucha durante el parto era equiparada por los mexica a un campo de batalla, por tanto eran como las mujeres guerreras que ascendían al Sol y se transformaban en este tipo de seres mitológicos.

A los dominios del señor de la lluvia, el Tlaolcan, arribaban todos aquellos que morían por alguna causa acuática o vinculada a ella. En este caso podría tratarse de ahogados, de muertos por un rayo, de leprosos o de hidrópicos.

Existía un último lugar, una especie de limbo al que accedían aquellos niños que morían prácticamente recién nacidos. Era el Chichihualcuauhco, representado por un gran árbol que alimentaba a estos pequeños antes de que les tocara una segunda oportunidad para vivir.

Algunos investigadores sugieren que el alma de los tlatoque estaba fraccionada, ya que una parte de ella podía ascender al Sol como guerrero y otra se dirigía, después de cuatro años, hacia el Mictlan, bajando por los nueve pisos del inframundo, sorteando todo tipo de problemas, entre ellos un viento tan fuerte que cortaría como navajas de obsidiana, y un río en cuyo cruce le acompañaría un perro, que le ayudaría como guía. A este camino para acceder al inframundo se le describe como un lugar muy ancho, oscurísimo, que no tiene luz ni ventanas.

La variedad de dioses de la muerte es amplia. Destacan Acolnahuacatl, Acolmiztli, Chalmécatl, Yoaltecuhtli, Chalmecacíhuatl, pero ninguno como el amo y señor de los muertos antes descrito y del cual tenemos una reciente y especial referencia arqueológica, Mictlantecuhtli, también conocido como Nextepehua.

En muchas ocasiones se narra que los mexicas sufrían varias apariciones durante sus viajes a la siembra o a sus casas, como ver de pronto un fantasma gigante o bien una enana llamada Cuitlapanton.

Las prácticas funerarias mexicas se llevaban a cabo en las dos escalas básicas de la sociedad. Por un lado, los macehualtin tenían la costumbre de enterrar a sus muertos bajo sus casas, es decir, que en el México precolombino no existía propiamente el concepto de cementerio. Era común que a los muertos se les envolviera en un tapete elaborado de petate, un tipo de fibra vegetal que aún es utilizado en algunas partes de México por las comunidades indígenas, y después eran enterrados dentro de sus casas. De ahí que un dicho popular mexicano haga alusión cuando una persona fallece al decir que “ya se petateó”.

Sabemos que los pillis, como ya hemos podido relatar antes, llevaban a cabo extraordinarias ceremonias, más aún si se trataba de los más importantes soberanos, de los cuales conservamos un extenso complejo de ofrendas funerarias en el Templo Mayor de Tenochtitlan, recientemente estudiadas por la arqueóloga Ximena Chávez.

Sabemos que las ceremonias funerarias desarrolladas por medio de la cremación son más específicas del Posclásico, y exponer el cadáver al fuego era una de las prácticas más comunes entre los mexicas. La inhumación directa se llevó a cabo solo en contadas ocasiones…

Cervera, Marco (2008). Breve historia de los aztecas. Madrid: Nowtilus, pp. 281-286.

 

ESJATOLOGÍAS AMAZÓNICAS febrero 7, 2012

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Mehináku

Mehináku

Para los nambikwara, que oscilan entre la vida nómada y la sedentaria, “después de la muerte, las almas de los hombres se encarnan en los jaguares, pero las de las mujeres y las de los niños son llevadas a la atmósfera, donde se disipan para siempre…”[1]

Respecto a los aché, “serán sentimientos o teorías, lo cierto es que al aché muerto no alcanza luego la tranquilidad. Parte de su alma (o una de sus almas, según la percepción) trata de subir al cielo, pero en el camino es amenazada por un jaguar celestial, tal como durante su vida se encontraba frecuentemente con las fieras de la selva. Si con mucha suerte logra llegar al Más Allá en el Cielo, allí es perseguido por un buitre (tal vez el propio ajanve que se mencionó arriba, o sea otra parte del muerto que se devora a sí mismo), en vez de encontrar la paz.

¿Cómo podemos comprender esta ausencia de calma? Tal vez sería un reflejo de la vida de aquellos aché, quienes eran cazadores y colectores no sedentarios hasta de poco tiempo (entre algunas semanas y trece años) antes del contacto con los etnólogos. Su rutina diaria había sido errante, en búsqueda permanente de presas, y también en peligro permanente de encontrarse con bestias feroces, es decir, animales, pero en los años sesenta y setenta, también humanas, cazadores de indios. El peligro de ser comido por un jaguar celestial sería la continuación del peligro de los jaguares terrestres –y mencionemos que a los blancos también se les solía llamar “jaguares”- .

Pero sería demasiado fácil querer explicar la falta de una vida tranquila en el Más Allá de los aché únicamente por el hecho de que no eran sedentarios. El Cielo como teatro de luchas es una imagen bien conocida también entre otros amerindios al este de los Andes. Los araweté y los tupinambá arriba mencionados son horticultores sedentarios desde tiempos inmemoriales. La suerte del araweté muerto es la de ser devorados por seres que pueden ser amables al comienzo, pero luego se vuelven enemigos. La mujer recién muerta es saludada y deseada sexualmente por los hombres muertos quienes la reciben, pero como su carácter suele ser reticente y se niega, y además huele mal, provoca la rabia de los machos rechazados. El hombre muerto es saludado como visitante que traerá objetos nuevos, pero así como antiguamente los brasileños prometían regalos, no los daban y por eso eran atacados y abatidos, el recién llegado al mundo de los muertos provoca, por su avaricia, la guerra de los muertos contra él.

Los kamayurá, parientes de los aché, muy sedentarios también (habitan un pueblo donde se han encontrado vestigios arqueológicos de una ocupación continuada durante siglos), cuando después de muchos peligros logran subir al cielo, allí llevarán una vida de lucha permanente contra los pájaros celestiales hasta que finalmente serán aniquilados por la gran harpía de dos cabezas:

“Allá en el cielo es exactamente como aquí en la tierra (…) Hay guerra también, hu hu huuu [grito de alegría]. Los mamaé [espíritus de los muertos] tienen flechas, son las flechas que colocamos en las tumbas de los muertos. Cuando están colocadas en la tumba, están quebradas. Cuando los mamaé las utilizan allá arriba, están enteras de nuevo. Allá en el cielo es exactamente como acá en la tierra” (señor kamayurá de aproximadamente 45 años en 1968, véase Munzel, 1973a: 279).

La misma idea existe entre los mehináku, vecinos de los kamayurá de otra familia lingüística (aruaque):

“Después de la muerte, continúan luchando las almas de los hombres contra el

Joven mujer mehináku

Joven mujer mehináku

mundo externo a la sociedad, los animales y los papañê [seres sobrenaturales]. Diversas versiones de un mito tratan del combate de estas “sombras” (niewéko) contra los pájaros. Las que pierden, según se ha dicho, son engullidas por la ave sobrenatural y bicéfala Ulaik ínpia y se extinguen pues sin esperanza” (Costa 1986: 256).”

Los canelas del Estado brasileño del Marañón (sedentarios de la familia lingüística jê) no parecen hablar de guerra, sino de una vida de animales cazados, en los cuales los muertos se transforman, para tarde o temprano ser presa humana o perecer de alguna otra forma definitiva (Crocker, 1990:311). De una manera no tan diferente, los espíritus de los muertos wari’ son presa de excursiones de caza de otros espíritus, entre ellos otros antepasados quienes por su lado se transforman en animales y son cazados por los humanos todavía en vida (Conklin, 2001:183). Una idea muy semejante hemos escuchado entre los nadeb del Río Uneiuxi (noroeste de la Amazonía brasileña, cf. Munzel 1973c: 148).

No vamos a multiplicar más los ejemplos. No obstante su gran número, se debe admitir que hay otros, aparentemente contrarios, en los que no se habla de guerra ni de los muertos como presa. Los muertos tupinambá, terminada su vida guerrera, llegaron a un lugar de calma, donde danzaron interminablemente sin que nada les faltara. Y esto parece un ideal sedentario y pacífico, aun si en el camino hacia aquel paraíso había el peligro de pasar por tierras de enemigos (Métraux, 1979:111) que evidentemente aún después de la muerte libraron guerras contra los tupinambá. De los difuntos xikrín, grupo jê en el Estado del Pará, no se menciona matanza, sino únicamente una población que es “como la de los vivientes”, “cazan, plantan, ejecutan rituales” y el lugar está “ausente de fricciones sociales” (Vidal, 1977: 172).”[2]

Los yanomami, cultura nómada amazónica que practica la agricultura de subsistencia, creen en un lugar llamado “el hetu misi, el abdomen de la boa. Es aquí donde se reúnen las almas después de la muerte, en una amplia casa colectiva. Es un lugar donde reina la abundancia: mucha miel, innumerables los frutos silvestres, las manadas de pecaríes se suceden. Cuando muere un yanomami, las almas esperan la suya en el cielo, como si retornara de un viaje o de una visita; un chinchorro de algodón blanco, en ningún caso enrojecido por el onoto, espera al nuevo residente, que se instala con toda naturalidad. Pero ¿por qué el chinchorro debe ser blanco? En razón de que el rojo simboliza el fuego y que un algodón enrojecido recordaría al alma la pira terrenal de donde proviene. El rojo es el color del onoto, y rojo se dice wakë; empleado como clasificador nominal, el mismo morfema contribuye a la formación de palabras que significan fuego (koa wakë) y brasa (koa wakë anamahu). Pero no todas las almas van a ese supuesto paraíso. Por una parte, los yanomami muertos por flechas se unen a un pueblo de hekura [un tipo de espíritus] llamados shirâkôri, quienes viven en las paredes rocosas de las montañas. Por otra parte, las almas de los mezquinos son condenadas a consumirse en un fuego, el shopari wakë donde son definitivamente eliminadas. Con las almas viven varios seres sobrenaturales: Trueno (yâru), Relámpago (yâmirâyoma), de sexo femenino, Rayo (tahirawë), y los dos yernos de Trueno, llamados Watawatariwë y Pájaro León, cuyo canto acompaña al rayo.” [3]


Nota: En español, “escatología” significa dos cosas completamente diferentes: el ‘conjunto de creencias referentes al fin de los tiempos’ (de ésjatos: ‘último’) y también el ‘estudio del excremento’ (de skatós: ‘excremento’). Para los ingleses, nuestro sonido j se escribe como una h o más claramente como una kh, como en Akhenaton (nuestro Ajenatón), Khakasia (Jakasia), Kharkov (Járkov), Khartum (Jartum) o Khuzestan (Juzestán). Sin embargo, el idioma español trasliteró involuntariamente dos fonemas distintos (la k y la kh inglesa) con la misma letra (c), por lo que los dos conceptos distintos quedaron homónimos. Es notable la aclaración que hace el escritor y sacerdote católico Leonardo Castellani:

“Esjatológico: ¿por qué escatológico con jota? Porque así debe ser. Hay dos palabras morfológicamente parecidas en español: “escatológico”, que significa pornográfico —de scatós, término griego que significa ‘excremento’— y “esjatológico”, que significa ‘noticia de lo último’ —de ésjaton, ‘lo último’— las cuales son confundidas hoy día, por descuido o posdescuido o ignorancia o periodismo, incluso en los diccionarios (Espasa, Julio Casares); de modo que risueñamente el apóstol San Juan resulta un escritor ¡pornográfico o excremental! Yo hago buen uso; si el buen uso se restaura, mejor, si no, paciencia. Poco cuidado con nuestra lengua se tiene hoy día.”

Leonardo Castellani, El Apokalypsis de san Juan (pág. 313). Buenos Aires: Dictio, 1977.


[1] Lévi-Strauss, Claude (1970). Tristes trópicos. Buenos Aires: Editorial Universitaria de Buenos Aires.

[2] Flores Martos, Juan Antonio y Abad González, Luisa (Eds.) Etnografías de la Muerte y las Culturas en América Latina. Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha.

[3] Lizot, Jacques (2007). “El mundo intelectual de los yanomami: cosmovisión, enfermedad y muerte con una teoría sobre el canibalismo”. En Freire, G. & Tillett, A. (eds.). Salud indígena en Venezuela. Vol. 1. Caracas: Ministerio de Salud.

 

EL IMPERIO SOCIALISTA DE LOS INCAS febrero 4, 2012

Filed under: Uncategorized — akwanusagana @ 9:06 pm

El imperio de los incas había terminado en el momento culminante en que comenzaba a transformarse con el esbozo de castas sociales, por lo menos las de los militares y sacerdotes. Si Pizarro hubiera aparecido cien años después, el panorama social y económico del imperio habría sido distinto. Quizá los curacas y las castas sociales habrían extralimitado su poder sobre el pueblo. Pero el Tawantinsuyu no sólo vivió una vida brillante, sino que también tuvo una muerte oportuna, en un momento impresionante de su historia, sirviendo de ejemplo a los grandes soñadores socialistas, porque la conquista española lo sorprendió en pleno florecimiento de vida democrática, con justicia social, con pan, techo y vestidos asegurados para la masa del pueblo.

Luis Baudin califica al imperio de los incas como socialista, porque en él se nivelaron las condiciones de la existencia social; se admitió la propiedad individual en una débil medida y a título excepcional; se reglamentó la producción y el consumo por vía de autoridad y se realizó el equilibrio entre la oferta y la demanda por medio de la estadística y no por un mecanismo de precios. El imperio de los incas fue un imperio socialista, no como el de Platón, porque este filósofo no nivela las condiciones de la masa, sino las de la élite. Tampoco con el socialismo de Rusia, pues el país de los sóviet tiene moneda, mercados libres, impuestos, empréstitos y desigual remuneración. Baudin cita una frase de Keyserling , que dice: “El estado bolchevique es un sistema casi irracional, si se le compara con el de los incas”.

El noble afán peruanista del maestro de la Sorbona de catalogar como socialista al imperio de los incas es intensamente rebatido. Por distintos flancos se estudia actualmente la vida incaica, y nuevas luces científicas, en cuanto al método, permiten una mejor apreciación del problema. Pero el error viene solamente cuando se quiere aplicar fórmulas sociales modernas a realidades antiguas. En el Perú, el escritor José Carlos Mariátegui enfocó el problema en forma muy sugestiva, cuando escribió:

“El comunismo moderno es una cosa distinta del comunismo incaico. Esto es lo primero que necesita aprender y entender el hombre de estudio que explora el Tawantinsuyo. Uno y otro comunismo son producto de diferentes experiencias humanas. Pertenecen a distintas épocas históricas. Constituyen la elaboración de disímiles civilizaciones. La de los Incas fue una civilización agraria. La de Marx y Sorel es una civilización industrial. En aquélla, el hombre se sometía a la naturaleza. En ésta, la naturaleza se somete a veces al hombre. Es absurdo, por ende, confrontar las formas y las instituciones de uno y otro comunismo. Lo único que puede confrontarse es su incorpórea semejanza esencial y material de tiempo y espacio. Y para esta confrontación hace falta un poco de relativismo histórico .”

No solamente se ha dado una interpretación socialista al Imperio de los Incas, sino también comunista.
Con motivo de la novela de Augusto Aguirre Morales El pueblo del Sol, donde se impugna el comunismo incaico, Mariátegui escribió estas palabras: “La tesis de Aguirre, negando el carácter comunista de la sociedad incaica, descansa íntegramente en un concepto erróneo. Aguirre parte de la idea de que autocracia y comunismo son dos términos inconciliables. El régimen incaico –constata- fue despótico y teocrático, luego –afirma- no fue comunismo. Mas el comunismo no supone, históricamente, libertad individual ni sufragio popular. La autocracia y el comunismo son incompatibles en nuestra época; pero no lo fueron en sociedades primitivas. Hoy un nuevo orden no puede renunciar a ninguno de los progresos morales de la sociedad moderna. El socialismo contemporáneo –otras épocas han tenido otros tipos de socialismo que la historia designa con diverso nombre- es la antítesis del liberalismo, pero nace de su entraña y se nutre de su experiencia. No desdeña ninguna de sus conquistas intelectuales. No escarnece y vilipendia sino sus limitaciones. Aprecia y comprende todo lo que en la idea liberal hay de positivo; condena y ataca sólo lo que en esta idea hay de negativo y temporal”.

Brillante escritor socialista, Mariátegui no había penetrado en la entraña de nuestra historia cuando llamaba incaico al comunismo del antiguo Perú. Pero acertó cuando establecía el relativismo con que hay que apreciar la crítica actual sobre los hechos de un pasado remoto. Ese relativismo se pone de manifiesto aun entre escritores contemporáneos de prestigio. Así, frente a Mariátegui que califica de comunista la organización incaica, puede citarse la opinión de Uriel García, para quien el incanato como régimen político caminaba a pasos gigantescos hacia el feudalismo, después de haber destruido la libertad del pueblo con el ayllu primitivo. Por eso, en cierto modo el virreinato es una prosecución del sistema incaico, con agravantes y formas agudas. Luis Valcárcel dijo también que el virreinato fue un Incario sin Inca.

Tales ideas contradictorias en escritores peruanos de hoy, nos prueban que no ha concluido ni concluirá el interés apasionado del mundo por la interpretación de la organización incaica. No puede caber duda respecto al hecho de que esa organización se aproximó, como ninguna otra en el mundo, al ideal de justicia y bienestar a que aspiran los pueblos de la humanidad actual. Fue una sociedad donde el trabajo era obligatorio, donde se producían alimentos en la mayor proporción posible; donde cada familia natural, como miembro de la familia social o ayllu, tenía derecho a cultivar un lote de tierras suficiente para satisfacer sus necesidades. La previsión social funcionaba, cuando la comunidad tenía el deber de trabajar las tierras de los inválidos, sea por razón de edad avanzada, sexo, enfermedad o incapacidad, o por razón de estar prestando servicios en el ejército. En esa forma se consiguió que no hubiera mendigos ni desocupados, siendo castigada como un delito la ociosidad. Por lo tanto, no había familias demasiado ricas, ni gentes demasiado pobres como en la sociedad actual. El saludo del pueblo incaico: ama suwa, ama llulla, ama quella (no seas ladrón, no seas mentiroso, no seas ocioso), no era un consejo de orden moral al vecino o amigo, sino una expresión que reflejaba el bienestar de una sociedad, donde no cabrían esas calamidades. En la actualidad sería ridículo saludar diciendo: no seas ladrón, cuando reina el hambre y la desocupación y la miseria.

La autoridad del Inca fue paternal. Recogía tributos en productos, pero las pirhuas o depósitos acudían en las épocas de escasez por calamidades climáticas o de otro orden, a cubrir los déficit de producción para el consumo de los ayllus. Por eso, cada marka tenía sus pirhuas o depósitos del tributo, cosa por lo demás realizada en Egipto –según la leyenda de José- con el trigo.

Romero, Emilio (2006). Historia económica del Perú. Buenos Aires: Editorial Sudamericana.